Feliz día, pa

Mi padre me enseñó muchas cosas sin proponérselo y estaré eternamente agradecido. 

Me enseñó que las reglas son, a veces, sugerencias escritas por gente demasiado obediente. Me enseñó que la vida no solo se mira: se juega, se arriesga y, a veces, toca aprender a convivir con el fracaso, ya que es parte del proceso hacia el éxito. 

De él heredé cierta curiosidad por los negocios, esa capacidad de encontrar oportunidades donde otros ven problemas. También aprendí que el dinero nunca tuvo demasiado sentido si no servía para algo más importante: vivir con tranquilidad, disfrutar la vida y mantener la libertad para hacer lo que uno quiere.

Mi padre tiene una forma ligera de caminar por el mundo. Mientras otros se desesperan, él parece saber que casi todo siempre termina por resolverse. Esa paciencia, que durante años confundí con indiferencia, era en realidad una forma sofisticada de seguridad en sí mismo. 

También me contagió algo más peligroso (y quizás un trauma): la ambición. Esa sensación permanente de que siempre hay una montaña más alta, un proyecto más grande, una meta que todavía no he alcanzado. Gracias a él entendí que conformarse puede ser cómodo, pero rara vez emocionante.

Sería injusto convertirlo en un personaje perfecto. No lo es. Es un hombre de carácter fuerte, exigente hasta el cansancio, convencido de que uno siempre podía dar un poco más. Seguramente muchos de mis traumas nacieron ahí. En esa sensación permanente de que todavía faltaba algo, de que podía hacerlo mejor, de que no debía conformarme.

Y aunque tenía ese carácter que parecía que podía imponerse en cualquier lugar, nunca quiso que yo cargara con los conflictos de los adultos. Tanto él como mi mamá, hicieron algo que recién hoy valoro en toda su dimensión: construyeron una especie de burbuja alrededor de mí. Mientras ellos resolvían problemas o situaciones que yo ni siquiera conocía, a la vez se esforzaban por que mi mundo siguiera funcionando con normalidad.

Quizás por eso crecí creyendo que la vida era más simple de lo que realmente es. Quizás por eso hoy sigo siendo una persona muy relajada, fresca y que va por la vida simplemente existiendo y soñando, alguien que rara vez se conflictua y que suele pensar que casi todo tiene solución. 

Con los años descubrí que los hijos no heredamos solo los ojos, la voz o los gestos. También heredamos maneras de mirar el mundo y entender la vida. 

Yo heredé la rebeldía, las ganas de ir por más y la absurda costumbre de creer que cualquier sueño, por improbable que parezca, puede terminar funcionando.

Y si hoy camino por la vida con más confianza de la que probablemente merezco, con más calma de lo normal y con más ambición de la que a veces resulta saludable, es porque durante muchos años observé a un hombre que vive exactamente así.

Feliz día, pa.

Gracias por enseñarme que vivir es mucho más divertido cuando uno se atreve a hacerlo a su manera.

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