Navidad: la casa que quedó
Cuando era niño, la navidad era caótica en el buen sentido. Mucha gente. Demasiada, incluso. La casa de mi abuela materna se llenaba de tíos, primos, familiares que solo veía una vez al año y de algún invitado que nadie sabía bien de dónde había salido. A mí me encantaba. Me gustaba ver a los adultos hablando de cosas que no entendía. A mis primos en la play o a los niños corriendo por toda la casa, jugando a las escondidas o cualquier cosa que hoy sería impensable sin un celular en la mano.
Con los años, todo eso empezó a desaparecer. Cada navidad llegaba menos gente. Supongo que crecimos, que la emoción se fue gastando o que simplemente nos volvimos más cómodos. Incluso sentí que para mi abuela la fecha empezó a perder sentido. Para mí no. O quizá sí, pero no quería aceptarlo. Yo seguía aferrado a esas navidades antiguas, como si todavía existieran. Todo terminó de romperse en el 2020, cuando mi abuela falleció. Después de eso, juntarse dejó de tener lógica para muchos. Y lo entiendo. Sin ella, la casa ya no era lo mismo. La navidad tampoco.
Aun así, sentía que algo había que hacer.
Mis padres no son precisamente fanáticos de las celebraciones, pero tampoco me entusiasmaba pasar la fecha como si fuera un día cualquiera. Propuse ir a la casa de una tía (hermana de mi papá), que vive en Jesús María. Sabía que iba a estar llena de gente. Ruido, niños, caos. Un intento torpe de revivir algo. Mi papá dijo que no. Que era mejor pasarla los tres, como la familia que siempre fuimos. Acepté con cierta indiferencia. Como quien ya no espera mucho de nada.
Más tarde hablé con mi mamá. Me dijo que prefería quedarse en su casa porque tenía pendientes de la maestría y que mejor yo vaya para allá. Le respondí, sin pensarlo demasiado y con honestidad, que me daba flojera ir hasta La Molina. Que no había problema si ellos pasaban la navidad juntos y yo me quedaba solo, en mi casa, como cualquier otro día. Fui honesto. Ya para ese momento, no me quedaba nada de espíritu navideño.
Minutos después me llamó mi papá. Pensé: ya está, la cagué, la sinceridad siempre me pasa factura. Me reclamó por lo que le había dicho a mi mamá. Le expliqué que no era mi intención lastimarla. Que si tenía cosas que hacer, mejor que las haga. Me volvió a reclamar por no querer ir. Le repetí lo mismo: me da flojera. Silencio. Hasta que dijo algo simple: Somos una familia. No podemos pasar la navidad separados. Iremos nosotros para allá. Acepté. Colgamos. Me quedé pensando. Tenía razón. A veces la navidad no es emoción, ni decoración, ni ganas. A veces es solo eso: no separarse.
Quizá mi displicencia hacia esta fecha no es otra cosa que nostalgia mal disimulada.
Un intento infantil de protegerme de lo que ya no vuelve. Porque esas navidades de mi infancia no van a regresar. Y está bien. Todo cambia. Incluso uno.
Así que hoy, paradójicamente, pasaré la navidad en la que fue la casa de mi abuela. Ahora es mi casa. Mi mamá me trasladó su herencia. No sé si eso es una herencia o una ironía. Ella ya tiene la suya y, supongo, también quiso cerrar un ciclo con esta casa. A veces, la vida es así.
Ya no habrán niños corriendo ni voces mezcladas en la sala. No habrán primos jugando ni adultos hablando de cosas que nunca me importaron del todo. Solo estaremos los tres: mi mamá, mi papá y yo. Y quizá eso sea suficiente. No es la navidad que recuerdo, pero es la que tengo. Como dijo mi papá: estaremos juntos los tres, como la familia que siempre fuimos.
Y estoy agradecido con eso.
Feliz navidad,
Alex

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